Hablar de vino en el arte es hablar de fiesta y desenfreno, pero también de la vertiente religiosa. La importancia del vino de la civilización del Cercano Oriente y Europa Occidental está fundamentalmente vinculada a su papel en el oficio sacramental. Así, más que un producto de la tierra, el vino sería un regalo de Dios. La Iglesia Cristiana consagra el vino, que se identifica con la sangre de Cristo, y lo asigna un papel destacado en el rito litúrgico.
En la Edad Media, la Iglesia multiplica la plantación de vides. En los monasterios, en particular, son las cepas la actividad agrícola predominante. De este modo, con la extensión del cristianismo, el consumo del vino se popularizó en toda Europa y se incorporó como elemento fundamental de la dieta alimenticia para la población. El motivo había que encontrarlo en el alto valor calórico que poseía.
Tras la Edad Media, en el siglo XV y con el impulso de las escuelas neoplatónicas se empezará a rescatar del olvido la cultura clásica grecorromana. Sin duda este rescate llevará aparejada la vuelta a la escena de Baco y Dionisos.
Así, durante el periodo conocido como «Renacimiento» se extenderán las excavaciones «arqueológicas» y el coleccionismo de obras de la antigüedad inspirará a los grandes artistas italianos. Con ello, los dioses y héroes griegos volverán a poblar la iconografía europea.
Por ejemplo, el gran Miguel Ángel esculpirá el “Baco Ebrio”. En él, el genial escultor renacentista representa al dios Baco adolescente, embriagado, levantando una gran copa, con una figura a sus pies que está comiendo de las uvas que el dios tiene en la mano, el cual, por sus ojos, denota su estado de ebriedad.
