Los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron a cultivar olivos y vides». La cita es del historiador griego Tucídides. Sea como fuere, la influencia de la Antigua Grecia sobre el vino es vital para el desarrollo de casi todas las regiones vinícolas europeas y para la propia historia del vino.
Los griegos creían que fue el dios Dioniso regaló a los hombres las primeras vides. Uno de los ejemplos más representativos es el de ‘Hermes con el niño Dioniso’, una escultura griega de mármol, cuya autoría se atribuye al escultor Praxíteles del período clásico final.
No sólo en las esculturas de los dioses se puede encontrar al vino. También en las vasijas en las que éste se almacenaba. Lo cierto es que el vino, junto con el aceite de oliva y el trigo, eran parte de la alimentación de los pueblos que en su día habitaron el Mediterráneo.
Además constituyó un factor de identidad de estas culturas. Concretamente el consumo del vino y del aceite de oliva marcaba de manera muy clara las diferencias entre romanos y bárbaros, pues aquellos se caracterizaron por beber cerveza y utilizar manteca.
En tiempos del Imperio romano el dios del vino pasó a ser llamado Baco. Suele ser representado portando un cuerno repleto de vino, con racimos de uvas en su cabeza. Como otros dioses destacados, Baco, tenía sus propias festividades en las que se le rendía culto: las bacanales. Y como no podía ser de otro modo, en las Bacanales, el vino corría a raudales.
